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lobosluna aún no ha recibido ningún regalo
El huevón más grande del mundo
sale de su casa cada mañana
como quien va a un matinal de circo;
lleva su traje de payaso, y sus lágrimas
pintadas en grandes gotas rojas.
A veces sonríe más de la cuenta
al amigo que le tiende su mano
por compasión de ver aquel
rictus patético que es su rostro:
mendigo un poco del amor
o la amistad regateada a mansalva.
¿No le dijeron que tres son multitud?
¿No le enseñaron que ser
el tercero de la mesa y un mero espectador
de la felicidad de otros
es digno de lástima?
“Vuelva mañana”, le dicen siempre
y siempre vuelve.
“Hoy no se fía, mañana sí”,
lee infinidad de veces,
pero no termina de pedir
crédito apenas le preguntan
cómo está y qué ha hecho.
“Sean honestos”, suplica,
“díganme la verdad, ¿acaso molesto?”
Pero la verdad es relativa
y más cuando se anhela el calor
de alguien en quien confiar,
y el amor es ciego,
ciego como un topo,
sordo como una tapia,
y la honestidad es un baile
pasado de moda, un dolor
en el costado de la humanidad,
molesto y aberrante, del que nadie
quiere saber un comino.
Por eso le sonríen y le dicen
que no, que está bien, que todo
está bien, que otro día será,
y el huevón vuelve
una y otra vez.
El huevón más grande del mundo
cree en la amistad pura,
en las buenas intenciones
y en la Virgen María.
Lee a Séneca y a Plutarco
y cree que la sal de la vida
es el amor que entrega a otros
y que otros devuelven por ley natural.
No sabe concebir el engaño y la desidia,
ni calcula el mal que otros podrían hacerle.
Se siente culpable porque no le aman
como les ha enseñado a amar con su amor,
porque no quieren su amistad
con la intensidad de su fuerza.
Insiste y se arrastra ante la puerta
que se cierra en su cara y piensa:
“Tal vez fue el viento”, “Quizás no es
un buen momento”, “Debí
llamar antes”.
El huevón más grande del mundo
se detiene ante el amigo
que lo ignora y piensa que algo
ha hecho mal, y que la amiga
que lo busca para hablar
se preocupa de su amistad
tanto como él de ella.
Pero no sabe que él y ella
están en la otra línea de juego,
y aunque él desee entrar
en el partido está outside
porque el tiempo de los huevones
pasó como pasa la vida y la humanidad.
Y me miré las manos, Óscar Castro. Y no vi nada. Una línea de la vida demasiado larga cuando más, y esa especie de brotes en que la piel de la palma parece resquebrajarse indefinidamente. Y una piel reseca, y unos dedos largos, grumosos, demasiado nervudos y atacados por breves explosiones de padastros. Mis manos.
Y es que aparte de los signos atávicos de una cultura pretenciosamente formalizada por la educación e idiotizada por la tecnología: el
… ContinuarPublicado el enero 27, 2009 a las 10:38pm
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Añadido por trueno33
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