
–Han enloquecido –dijo la anciana meneando la cabeza con desazón–. Locos… están locos…
Los niños se aferraron a su falda como el náufrago a la tabla salvadora. Estaban agitados, asustados y sacudidos: no comprendían el caótico tumulto que los rodeaba; por qué de súbito la gente estaba haciendo esas cosas. Personas que hasta ayer y antes de ayer eran tranquilas y simpáticas, de súbito se estaban apuñalando entre sí, sacrificando en primer término a los que debían serles más queridos. Ellos mismos corrían un serio peligro y lo sabían; pero de algún modo las maneras sosegadas de la abuela, que con tan pocas palabras había puesto un nombre a lo inaudito explicándolo a la perfección, les infundieron seguridad, confianza, y hasta una esperanza renovada.
–Seguidme –les dijo ella tomándoles las manitas, uno en su flanco izquierdo, el otro a su derecha.
Así se internaron en el infierno de la confusión, de la histeria asesina, atravesándolo de cabo a rabo como si fuesen fantasmas: nadie los miró, nadie los tocó, nadie se interpuso en ese camino emprendido desde la cima de la muerte enloquecida, hacia el pozo de la vida.

Silencio a uno y otro lado de los muros. Las labores de la rampa acababan de concluirse; los obreros esclavos se habían retirado. Las legiones de Silva se preparaban para incursionar, tras meses de una espera impaciente y desesperanzada bajo los rayos implacables del sol del desierto. Tras tantos meses de abstinencia e inactividad, de contener los impulsos, los odios y frustraciones más fogosos, la carnicería prometía ser brutal; mucho más allá de lo habitual en la época.
En orden, las legiones ascendieron la rampa. Silencio. Escalaron la muralla. Nada ni nadie les respondía del otro lado. El silencio los llenó de temores supersticiosos. ¿Por qué diablos los sitiados no respondían? ¿Qué cruda recepción les estarían preparando? Apretando los dientes, continuaron, en lo que quizás fue el acto más arrojado de la empresa: avanzar sobreponiéndose a un invisible muro de temores opresores, que no hacían sino crecer a medida que la hora de la verdad se acercaba.
Alcanzada la cúspide de los muros, se dejaron caer del otro lado, las espadas desenvainadas, dispuestos a enfrentarse a la lucha más feroz y encarnizada. Dispuestos a matar hasta morir. Dispuestos… Dispuestos a cualquier cosa, menos al desolador paisaje que los recibió: la ciudadela estaba muerta, y un lúgubre olor a muerte flotaba en el ambiente, oprimiendo almas y corazones. Poseídos de una súbita desesperación demencial, los legionarios se abocaron a buscar cuanto más no fuese una última señal de vida, recorriendo los edificios de la fortaleza, revisando el terreno palmo a palmo, auscultando a los caídos por si alguno respirase todavía.

Muertos. Muertos. Todos estaban muertos. ¡Muertos! ¿¿¿Por qué???? ¿Quién había colocado ese horrendo espejo de la propia bestialidad asesina con tan súbita e inesperada crueldad, así, ante sus narices? ¿Sobre quién vengar los rigores de la larga espera en el desierto, a tantos miles de kilómetros del hogar? ¿Sobre quién descargar sus instintos de violencia y destrucción durante tanto tiempo contenidos? ¿Y sobre quién vengar su embarazosa situación actual?
Helos aquí, llegados desde tan lejos para violar, torturar y matar; la única idea que ocupaba sus mentes ahora era encontrar por lo menos alguien con vida… No para matarlo ni para torturarlo; sino para cuidarlo, para protegerlo, para conducirlo sano y salvo a un sitio resguardado. Y su tesón fue premiado con la victoria. Allí, acurrucados en un rincón oculto y apartado en las profundidades de una de las cisternas vacías los hallaron: una anciana con dos niños asustados y temblorosos aferrados a sus faldas.
Tres seres humanos en medio de la devastación.

Con temor reverente les rogaron que saliesen, que los escoltasen hasta el campamento. Y nadie los tocó. En el infierno de la locura animal que entre todos, sitiadores y sitiados, habían creado, la súbita aparición de tres personas que habían sabido conservar su sensatez, su HUMANIDAD hasta el final, era una visión a su vez milagrosa y redentora: enfrentados súbitamente y sin preparación al espejo de su propia humanidad perdida, se despabilaron.
Y con compungido temblor recobraron la sensatez ellos también.

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