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Punto de encuentro de los errabundos quiltros de la creación.


Era un día en donde la primavera salía con valentía, desconchando a brillos el paseo marítimo, y el mar a su lado que parecía perseguirlo. Entre ambos, sobre las vías, el tranvía avanzaba cansino y perezoso, como una serpiente de plata bajo el sol. En sus entrañas, los pocos pasajeros que habían tenido la osadía de madrugar desechando el sagrado reposo del Domingo, comenzaban a enfrentarse al prematuro bochorno de aquel día que prometía ser abrasador. Alguna que otra fémina ya hacía uso de su abanico y los hombres hacían lo propio con el suplemento dominical de sus periódicos. La mayoría dormitaba entre el mullido traqueteo del tranvía. Debía ser un enigma lo que les había obligado a rehuir el sabor de los sueños, como también el refugio de las sábanas. Una muchacha, que no aparentaba ser más que una adolescente, en esa edad donde la magia todavía teje los sueños, tenía la mirada prendida sobre el horizonte, allí, donde el mar se enlazaba con un cielo radiante; y la melancolía hacía su trabajo, porque un velo de tristeza se desprendía de su rostro negándole a sus párpados las caricias del sol. Apenas percibió cómo un hombre ya muy maduro y de pelo cano se sentó enfrente suyo. Este nuevo pasajero vestía todo de negro, pero sin corbata; sus zapatos resaltaban por su esmerada pulcritud y su brillo azabache; tenía un aire ausente, aunque no desolado, tal vez concentrado en sí mismo, como el que ha encontrado la paz cuando ya no la esperaba y comprende por fin la solicitud de la muerte. Sin embargo, lo que más le llamó la atención a la joven, fue el hermosísimo ramo de flores que el hombre llevaba consigo: había Claveles, Jazmines, Rosas, todo un microcosmos de colores que se abría desplegándose ante sus ojos y que la cautivó, relegando la contemplación del paisaje a un esbozo luminoso al borde de su perfil. La mujer buscó tímida la mirada del hombre cuando las flores aflojaban el hechizo, pero aquel continuaba alejado, retraído, en armonía. Después de múltiples paradas, el anciano se levantó despacio, había llegado a la suya, no sin antes ofrecerle una rosa solitaria a la joven, que sorprendida, en un acto reflejo, aceptó el obsequio mientras se le iluminaba el rostro con una sonrisa que iba a durar. El hombre se giró para descender del tranvía, pero de repente, regresó hasta ella y le tendió todo el ramo devolviéndole la mirada. La joven descubrió que sus ojos tenían el color del horizonte, posiblemente eran parte de él.

-- Creo que mi mujer habría estado de acuerdo en que te regalase las flores -- y dicho esto el hombre se bajó del tranvía, anduvo sin prisas por el andén en dirección a la verja que le esperaba abierta a la entrada del cementerio municipal.


Churruka, 25.04.2008

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3 comentarios

Minerva Comentario por Minerva el enero 24, 2009 a las 2:06am
Impactante, al menos para mí...

Unas flores para el amor eterno, bueno, es lo creo, hermoso relato.

SALUDOS!!
Isoba Comentario por Isoba el enero 24, 2009 a las 9:50am
Gran relato, Churruka. Seguro que la esposa del protagonista también con el regalo de ese ramo a la joven.
Lo que puedas hacer en vida...

Un gran saludo.
DamasArt Comentario por DamasArt el abril 17, 2009 a las 11:09am
Muy sensible. Me ha gustado mucho, como todos.

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