[Para sumergirte en este texto debes escuchar al mismo tiempo La Cumparsita, tango que puedes también bajar de mi página, del lugar de los sonidos...]
Abrí los ojos...
La noche estaba en pleno…
Las olas golpeteaban el casco y en cubierta insectos como violines agónicos, apasionados, cantándole a ella, perfil claroscuro de cuarto menguante… Instinto animal levantarme al sentirme acechado.
Descubrí tu silueta, de ojos perdidos al infinito soplando la brisa de tus pensamientos en dirección a las velas de mi intuición. Te vi y me viste… Extendí mi brazo y tome tu mano tibia, firme, segura y… Me atrapaste con esa mirada silenciosa que traspasó al instante mis ojos que se clavo en mi alma efectos secundarios me envolvieron con violencia sutil tormenta eléctrica escalofríos que humedecen de súbito toda mi piel.
Te atraje a mí con suavidad y tú te deslizaste sigilosos movimientos instante continuo en que rompimos la barrera y quedamos a distancia del beso que no te di… Tus labios sellados al rojo intenso, acentuando en la penumbra el perfil de tu carácter, sensualidad entre impulsos “in crescère”, expresión tensa de tu rostro supe entre líneas de tu arrogancia, firmeza plena, seguridad sin parpadeos y te leí sentimiento indómito que te hace bella, furia confusa entre tu instinto de dominar y tus deseos de ser conquistada…
Tu mano a mi espalda… Tus labios apuntando a mi cuello… Y cuando me estremecí sintiendo que hincarías el diente en mi carne, te apartaste de mí con soberbia. Los violines de los insectos, el chapoteo de las olas y el palpito irreverente y beligerante de nuestros corazones encendidos marcaron el compás y los tiempos, mandando en nuestros movimientos.
Te jale hacia mi y en el instante en que te abrazaba me soltaste con fuerza… Jale de nuevo con furia, y al venirte sobre mi el impulso nos hizo girar y mi pierna quedo envuelta en la tuya, tu vientre al mío, tu pecho firme quemando mis costillas y tu respiración agitada soplando a mi cara. La música se soltó entre nosotros como una carcajada apasionada, haciendo explotar la adrenalina en nuestros cuerpos… Ja! Pero fue el brillo en tus ojos y tu pulso acelerando que me dejaron adivinar lo que venia.
Alzaste tu mano y no la solté más. Te atrapé por la cintura y me aproxime a tus labios pero te hiciste un arco, sutil pero evasivo. Eso me dolió. Te separé de nuevo -no te lo mereces- me dije, pero no te solté la mano por el instinto de no dejarte ir muy lejos… [jmm]. Lo sabía! Volviste a mi de inmediato, con esa expresión de no -me importa nada- hasta que quedar cerca, muy cerca, tomándonos una mano y cogidos por los brazos como para evitar quemarnos al hacer contacto. Miradas cruzadas, silencio, jadeos, el compás y los tiempos como ahogándose, tu pelo en la cara, sudor escurriéndonos… y caminé hacia ti un paso, el mismo que te alejaste; yo uno más, y tú otro como quien prefiere el olvido… -Ya no más! Me voy!- Te lo grité con la mirada… Sutil tu movimiento felino en un paso hacia mí, el mismo que retrocedí, y caminaste otro, el mismo que te huí. Me detuve, me alcanzaste y me envolviste en el embrujo de tu balanceo, espirales me enredaste… te fuiste y regresaste tu pierna en intimidad con la mía –házmelo ahora- caricia de fuego –tómame- tus labios salivando frente a la costa de los míos –muéveme, no te detengas- vaivén hechicero tu cuerpo fundiéndose al mío –tú sabes como- y nuestras miradas inyectadas buscando donde arponear el primer beso –siéntelo- y nuestros pies fluyendo por el piso en giros espirales, nuestros brazos entrelazados –deslízate en mi- tu pierna extensa sobre mi brazo, tu muslo derritiéndose en mis dedos, mi mano envolviendo tu cintura, la otra llenándose con tus caderas –llévame- y te cargue con ternura, sendero de espirales –bájame, suéltame!- y otra vez volar de gaviota y volver de codorniz; tu mirada, la mía, nuestros labios a distancia de un jadeo, de un suspiro, de un te quiero, sudor en nuestro cuerpos, sutil se hacen los tiempos entre olas chapoteantes, suave el compás de los violines, desgarrando sus quejas en nuestro pecho; tú, yo, las olas y esa música que penetra las fibras de nuestra alma, que nos hace temblar; tus labios que me hacen enmudecer así como los movimientos de tu cuerpo desfallecer, mujer misterio…
Así, agónica fue esa noche, cuando en nuestro encuentro “La Cumparsita”, este tango se hizo tinto en nuestro preludio de amor.
Carlos.
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